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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2005.
24/03/2005
 Alguien muy querido me habló, no hace demasiado, de la existencia de una cumbre desde donde las palabras pronunciadas no se convierten en eco y no regresan a su dueño como un boomerang ingrato. Semejante revelación me fascinó. ¿Sería en realidad eso posible? ¿Por muy bajito que hablase, mi voz se escucharía siempre? Hoy, armada de valor y enferma de desconcierto, al fin he reunido la fuerza necesaria para escalar hasta esta cima y convocaros, haceros saber que yo también estoy aquí, que acabo de llegar, que existo. Conforme tecleo las letras que derramaré sobre un horizonte común, noto cómo el cuerpo entero se me precipita hacia el abismo, y un pánico de montañera inexperta hace que me olvide de las cuerdas, los clavos y los arneses que me mantienen sujeta al nuevo entorno. Espero que, con el tiempo, mi vértigo lo atenúe la certeza de que a partir de este instante seguiré entonando llantos por todas las causas posibles, excepto por la de saberme víctima de la indiferencia.
25/03/2005
 Hoy quiero ser como el resto, mirar al cielo y persignarme. Tras la señal de la cruz siempre viene una plegaria y el rezo de un rosario hecho de culpas, no de cuentas. Hoy quiero ser redimida por un cura con vaqueros que me dirá en un susurro: “Hija mía, ego te absolvo”, mientras me mira el escote detrás de su trinchera. Hoy quiero ser muy devota, entrar en tu santa iglesia, dejarme caer de rodillas delante de tu imagen y entonar un padrenuestro lleno de procacidades. Hoy quiero ser penitente, sembrar en mis zapatos de tacón vertiginoso esquirlas de cristal y marchar en procesión tras el cristo de tu infamia.
26/03/2005
 Los hierros de mi boca son una prolongación incómoda del perfeccionismo que me asfixia la existencia. Cuando el dentista los tensa, me afina el instrumento de la lucidez. Entonces me maldigo por haberme convertido en la asesina de todas mis seguridades. “Se ofrece sustanciosa recompensa a quien entregue, vivo o muerto, al delincuente conocido como el ladrón de la autoestima. Contactos en el teléfono de las certezas perdidas”.
27/03/2005
 24 de diciembre. Diez y media de la noche. Blanco de hospital, de batas viejas, de rostros indolentes, de desinfección. Nunca blanco Navidad, blanco de nieve. Al sur del corazón no nieva nunca. Urgencias. Sala de espera. Ella llega escoltada: una mujer y un hombre la llevan en volandas. El tono de su rostro va a juego con la fecha. Su mirada, enfebrecida, no se despega del suelo. No aparenta más de veinte, pero quizá tenga treinta: la indefensión rejuvenece. Un médico se asoma con unos papeles en la mano, los hojea, pronuncia un nombre. La muchacha se remueve en el asiento. El hombre y la mujer se levantan, la levantan. Algunos de los allí presentes se quejan: todos llevan más tiempo esperando que los convocados. El doctor elude las protestas y acompaña a esas personas hasta la consulta. La puerta se cierra tras de sí.
28/03/2005
 De que ayer tuve un día tonto me enteré a las diez de la noche, cuando, ante mi propio asombro, reté a mi inteligencia en virtud de ignoro qué oscura causa y me planté frente al televisor dispuesta a maravillarme con la última adaptación cinematográfica (que no haya más, por favor) de Lolita. ¿Intención del experimento?: comprobar hasta dónde puede llegar la necedad del creador. ¿Conclusión?: no tiene límites. El papá del engendro es Adrian Lyne, autor de títulos tan evocadores e imprescindibles como Zorras, Nueve semanas y media o Flashdance. Con semejante filmografía una ya se hacía una somera idea de la que le podía caer si se dejaba arrastrar por sus más bajos instintos experimentales. Entonces, ¿escuché la prudente voz de mi conciencia reflexiva? No, lo que me dio la oportunidad de descubrir que el poder de un día tonto reside en su capacidad de desafiar a la kamikaze que habita en mi interior. A los cinco minutos ya sentí la tentación de fundir en negro la pantalla. No obstante, el carácter temerario que me caracteriza, o ese punto masoquista propio de todo teleespectador, me mantuvo pegada al sofá, presa de un trance de estupefacción. A partir de ese momento ya todo fue rodado, y sólo me percaté de la flaqueza de mi voluntad cuando advertí la necesidad irreprimible de contemplar el cataclismo en el que podía culminar aquel delirio. Lo que comenzó como la consecuencia lógica de un día tonto acabó convertido en la certeza de tener en propiedad un alma castigadora. De lo contrario, una no se explica que después de haber leído una novela magistral reúna la energía requerida para afrontar tan hercúlea prueba. Con la cena atragantada, no dejé de pensar en Nabokov y en el insulto a su memoria que suponía el lamentable espectáculo que estaba presenciando. Pero ahí continuaba la denostada actitud de una mortal cualquiera en un día tonto, alzándose con la victoria, borracha de triunfo, porque, ¿apagué el televisor?, pues no, seguí tragando patetismo, el de un director que piensa que dar al mal gusto forma de piruleta chupada por una adolescente (por cierto, Lolita era una niña de doce años) con los dientes llenos de brackets (¡qué morbo, qué original!) es la sublimación del erotismo. Resultado de la operación autoflagelo: Buen propósito de la jornada de ayer antes de ir a dormir: no permitirme el lujo de días tontos en un futuro próximo o lejano. Balance positivo: hoy mismo me arrojaré a la enésima relectura del libro de Nabokov para quitarme el regusto del engrudo ingerido. Moraleja: en este caso, más que en ningún otro, la curiosidad volvió a matar (en esta ocasión, se cargó mi paciencia). Recomendación a Lyne: antes de perpetrar su próximo fusilamiento cinematográfico alquílese, por ejemplo, Las vírgenes suicidas, adaptación de la novela homónima de Jeffrey Eugenides y estreno en la dirección de Sofia Coppola. Un deseo de ilusa: que todos los artistas dejen testamento escrito prohibiendo a sus herederos la venta de los derechos de una sola de sus obras.
29/03/2005
 Anoche tuve una pesadilla. Lestat, el vampiro encarnado por Tom Cruise en una película infame, me perseguía. Fuese donde fuese, allí estaba el ex de Pe. Me desperté cuando estaba a punto de recibir la dentellada de la muerte, o tal vez de la inmortalidad, que es una muerte aún peor si cabe, porque no morirse nunca debe de ser cansadísimo. Me pregunto si a mí Lestat me habría matado o, por el contrario, me habría concedido el don eterno. Yo creo que lo primero, porque una de las pocas conclusiones que saqué de "Entrevista con el vampiro" es que Lestat era gay, así que para qué iba a querer él mi intemporal compañía. Sin ninguna duda, yo le habría suplicado una muerte súbita. Cualquiera aguanta a ese creído por los siglos de los siglos. Pues bien, justo cuando Cruise teñido de rubio canario me iba a plantar el beso de la despedida, me caí del mundo onírico al de la realidad. Entonces, con el corazón más alterado que un niño el 6 de enero, advertí que, al igual que el dinosaurio de Monterroso, la pesadilla estaba allí, y no era otra cosa que un vacío en el lado izquierdo de mi cama. No me atrevía a abrir los ojos, así que encendí la luz, me saqué los tapones de los oídos y puse la radio. Sólo en ese instante pude despegar los párpados. Ante la certeza de esa cama inmensa sin un cuerpo a mi lado al que solicitar algo de solidaridad para con mi angustia, presté atención al aparato. Una voz masculina relataba la costumbre que tiene la familia Bush en estas fechas de indultar un huevo de Pascua. Ignoro si por la modorra del momento o por el shock postpesadilla, la noticia no me sorprendió: en Navidad ya vi a "Mister President" encomendando a su perrito Barney la audaz misión de decorar el abeto de la Casablanca. Lo raro habría sido escuchar que el cristiano clan había desatado las correas de un preso en la silla eléctrica. Después de un rato, me di cuenta de que se trataba de un programa de humor, pero eso no me hizo respirar de alivio. Pasada media hora apagué la radio, volví a ponerme los tapones y prescindí de la luz. Aunque a esas alturas ya había dejado de temblar, no me levanté ni para ir al baño ni para beber agua. Nada me aseguraba que debajo de la cama o detrás de la puerta no acechase Cruise.
30/03/2005
 La última vez que hablé con Mario gasté una indignidad idéntica a la derrochada durante el par de meses que duró nuestra relación, cuando él tenía a bien calmar sus inseguridades retando mi paciencia, poniendo plazo al tiempo que estaría dispuesta a malgastar a su lado, asegurando quererme, que no amarme, como si ambos verbos fuesen hemisferios enfrentados de un mismo continente. En esas ocasiones, yo sólo lo abrazaba y le pedía que se callara, y él me recomendaba que no me ilusionase, que fuese un poco práctica, que pisara el sucio suelo que nos sostenía calzada con los chapines de la realidad. La última vez que hablamos fue el día que lo telefoneé para felicitarlo por su cumpleaños. El mío había sido nueve días antes, pero él no me llamó. En realidad mentiría si dijera que esperaba que lo hiciese. Después de desearle toda la dicha posible en fecha tan señalada, me apresuré a agradecerle su generosidad al descolgarme, su magnanimidad al atenderme, su nobleza al apiadarse de mi desesperación por cruzar con él unas palabras. Luego me disculpé, por si lo había importunado, y él no emitió palabra alguna para intentar apaciguar el desasosiego ajeno. Sus hondos silencios, salpicados de forzadas fórmulas de cortesía, dejaban escuchar un rumor de fondo propio de los días de festejo. A diferencia de mí nueve días atrás, él sí había convocado el ánimo preciso para celebraciones. Tras advertir cómo una voz femenina llamaba al homenajeado mi amor y le pedía que colgase, le dije a Mario hasta luego, sabedora de que al fin le estaba diciendo hasta siempre.
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