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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005.
02/06/2005
 Camino de la piscina, no he podido evitar detenerme delante de un escaparate para deleitarme con la manera en que un chico vestía a un maniquí con tetas. Allí estaba, encorvado, con la barbilla apoyada sobre el hombro del muñeco, susurrándole algo tierno o, quién sabe, tal vez cualquier procacidad dicha entre dientes. Al terminar su trabajo, el chico ha resoplado en lo que yo he traducido como un intento de apartarse el flequillo de la frente. Luego me ha mirado, me ha sonreído y, con un movimiento de cabeza, me ha invitado a entrar. Yo, lejos de aceptar, he apretado el paso, y sólo me he parado en la taquilla del polideportivo. A estas alturas de la vida una está dispuesta a casi todo, menos a dejarse secuestrar el poquísimo misterio que reúne a duras penas.
06/06/2005
 Colócate en el punto muerto de mi pensamiento. Necesito un aliado para desenmascarar a los espías de mis obsesiones. Quienes me han hablado de ellos dicen que tienen la mirada inmóvil. En cuanto los descubras, hazme una señal. Yo disimularé. Si encuentras un sueño frustrado, tírate de la oreja. Si adivinas una ilusión perdida, tócate la nariz. Si sospechas un recuerdo improcedente, ráscate el mentón. Si te tropiezas contigo, sal de mi mente de inmediato y vente para acá.
09/06/2005
 Desde que nos separamos, cada mañana atardece dentro de mi corazón. Tu ausencia ha transformado mis amaneceres en sombras crepusculares. El timbre del despertador semeja una marcha fúnebre que me sacude el insomnio y me empuja al paredón de un nuevo día. La luz solar me hiere, lo mismo que la sal de la memoria abrasa las heridas del recuerdo. Desgraciadamente, no podré ser fusilada: las balas no atraviesan la carne descompuesta de los muertos vivientes.
13/06/2005
 Esta mañana, después de saldar cuentas en el quiosco de debajo de casa, he sido asaltada por un par de ancianitas con caras de hiena insatisfecha. Mientras compraba la prensa, ya me percaté del descaro de cuatro ojos fisgones recorriendo sin rubor el circuito de toda mi anatomía, apenas tapada por un escueto vestido de verano al más puro estilo lalalá. Cuando me he dado la vuelta para regresar a casa, tenía detrás de mí a unas septuagenarias de la liga antiindecencia, todas collares de perlas y sonrisas congeladas. Por el modo en que me han mirado, he creído que iban a llamarme guarra. Pero, no, lejos de todo pronóstico, se han limitado a rogarme una pizca de atención. Testigas de Jehová, he pensado al instante. “¿Podemos hacerte unas preguntas?”. Entonces, en lugar de salir corriendo con la excusa de la sempiterna prisa, en virtud de ignoro qué extraña razón, he optado por militar en las filas de la encuestada cabrona, antes muerta que sincera. -¿Eres creyente? –me pregunta la vieja uno. -Sí, claro. -Eso está muy bien, hija mía –me felicita la vieja dos. -Y ¿sueles ir a misa? –vuelve a interrogar la vieja uno. -Por supuesto, si no ¿qué tipo de cristiana sería? –ante la posibilidad de que las urracas me digan que mi cara no les suena de la iglesia del barrio, continúo– Lo que pasa es que me he mudado hace poco, y por ahora sigo yendo a mi parroquia de siempre. -¡Ah!, eso es normal, pero cuanto antes tomes contacto con la parroquia más próxima antes te integrarás en tu nueva comunidad –me recomienda la vieja dos poniendo voz de miembro de cualquier consejo de sabios. -¿Sabes?, cuando nos acercamos a la gente se piensa que somos testigas de Jehová –hay que ver, qué cosas tiene la gente. Además, a mí eso qué me importa–. ¿Acaso los cristianos no tenemos derecho a predicar la palabra de Dios? –asiento con la cabeza a la vieja uno en tanto empiezo a arrepentirme de mi gracia. -¿Estás casada, hija? –dispara la vieja dos, tan pegada a su colega que me parecen siamesas. -No, pero estoy haciendo los preparativos para la primavera que viene –me regocijo en mi vileza. -La juventud está tan perdida... Necesita referentes. Los chicos no respetan a las chicas, y ellas regalan su virtud a cualquiera –me cuenta la vieja uno, al tiempo que se fija en el tirante recién caído de mi minivestido rosa y, a mi entender, comienza a percatarse del fiasco católico, apostólico y romano que tiene delante de sus narices. -Bueno, yo debo marcharme. Es que he quedado para ir a misa de doce –al adelantar un pie, ambas clavan la vista en mis sandalias, y mis uñas, pintadas de rojo sangre seca, palidecen ante el inquisidor pase de revista–, y tengo que cambiarme. -Nosotras estamos siempre predicando por la zona –¡qué horror! Eso me suena a amenaza de “que me he quedado con tu cara”–. Así que, si necesitas algo... –me ofrece la vieja dos. -Pues muy bien. Muchas gracias. Hasta luego. -Hasta luego, hija, ve con Dios –cantan al unísono. Nada más abrir la puerta del apartamento, compruebo que XY* aún no se ha levantado. -Has tardado mucho, ¿no? –me dice desde la cama. -Me han asaltado unas beatas con ganas de evangelizar –le respondo mientras me escurro entre las sábanas. -Joder, pues les ha tocado el gordo. Contigo tienen trabajo hasta el resto de sus días –sin dejar de hablar, mete una mano debajo de mi vestido–. ¿Y cómo te las has quitado de encima? -Les he dicho que me estabas esperando para el padrenuestro matinal. *A partir de ahora, el pseudónimo XY hará referencia a toda compañía masculina cuya verdadera identidad no resulte imprescindible para el desarrollo de la narración.
15/06/2005
 Puedo prometer y prometo: -Que sobre esta orgía nunca saldrá el sol. -Que jamás le cambiaré su santo y seña. -Que los más viciosos seguiréis siendo sus dueños. -Que os rellenaré el colchón con plumas de misterio. -Que nos fumaremos todos las miserias. Si eso no bastase, ofrezco: -Vales descuento canjeables en la terminal nº 2. -Una caída de párpados made in Muñequita Linda. -Sueños en blanco y negro. -A ellos, un sencillo trueque. -A ellas, simplemente un beso. Si te seduce mi propuesta, pincha en el enlace de la izquierda y vótame. La orgía perpetua está entre los 25 blogs más votados en los PREMIOS 20 BLOGS convocados por 20 minutos.
17/06/2005
 Hoy me he despertado con un agujero negro en las entrañas y una frase tan tremenda como hermosa quemándome la mente: “He visto atacar naves en llamas más allá de Orión”. El replicante Nexus-6 Roy Batty pronuncia esas palabras al final de la película Blade Runner como un ángel exterminador que en el último segundo de su vida sigue buscando respuestas al dolor existencial. Luego me he esforzado en recordar el monólogo completo: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.” Y yo, que hace algún tiempo fui una antorcha humana asediada por las circunstancias, en ese momento descubro mi condición de replicante que lucha por impedir, a toda costa, que el diluvio del futuro arrastre los llantos pasados. Algo inevitable ahora, con la arena de todos los relojes escapándose en mi contra. Anoche marqué su número después de varias semanas. Le pregunté si me invitaba a su casa a ver algún DVD, pero en realidad sólo le estaba rogando que me salvase de mí misma, que me rescatase durante unas horas de este mundo que calla ante mis cuestiones igual que frente a Batty hiciera su creador. Cuando acabó la película, tan alucinada como la primera vez que la vi, pedí a mi anfitrión que me dejase quedarme a dormir con él, ante lo que se me ofreció una negativa en nombre de la coherencia. Supongo que está bien eso de que uno de los dos sea capaz de convocar un rayo de lucidez en medio del delirio compartido, alguien dispuesto a tomar de una vez por todas una decisión inaplazable. Así que, aunque jamás me he acostumbrado a dormir acompañada, al llegar a casa y meterme en la cama, necesité colocar la almohada en posición vertical para abandonarme al subconsciente fundida en un abrazo. Al cabo de unas horas, como cada mañana, me han arrancado del sueño los cláxones enfurecidos en la calle Alcalá, y la ignífuga frase pronunciada por un androide de carne y hueso moribundo ya no me ha abandonado en todo el día.
20/06/2005
 La noche que compré la compañía de Audrey sentí la tranquilidad del corredor de apuestas con olfato: nada más verla, supe que partía de la línea de salida con caballo ganador. El anhelado ascenso llegaba al cabo de ocho años. El 13 de febrero, mis superiores daban una cena para celebrarlo, y Marta no estaría a mi lado. Dos meses después de mi divorcio, mi ex mujer no me dirigía la palabra ni por teléfono. Me hacía llegar su resquemor a través de su abogado y, si quería comunicarme con mis hijos, tenía que usar intermediarios. La noche de la cena, siguiendo los consejos de uno de los creativos de la agencia (“No aparezcas solo, lleva una chica guapa. No es bueno inspirar compasión”) aparecí en el restaurante con pareja. La velada fue un éxito: nadie preguntó por Marta ni hizo comparaciones odiosas entre mi nueva conquista y ella. Audrey estuvo impecable. A diferencia de las cacatúas que flanqueaban al resto de invitados, ella no hablaba si no se le dirigía la palabra, sonreía sin llegar a una risa grosera, cuando su interlocutor le comentaba algo que se suponía interesante, mostraba interés con un leve enarcamiento de su ceja izquierda. Si, por el contrario, las palabras escuchadas eran merecedoras de pasar a mejor gloria, Audrey se limitaba a dar un sorbo a su copa. En caso de que se le dedicase algún halago, entrecerraba los párpados, como si dijese: "Muchas gracias, caballero, pero no es para tanto". La fiesta terminó a las seis de la mañana, después de que nos echaran con muy buenos modos del casino adonde nos dirigimos al salir del restaurante. Audrey no me permitió que la acompañase a casa en mi coche: "Lo siento, son las normas". Cuando se alejó, dentro del taxi, supe que no volvería a verla. Uno sabe si verá de nuevo a la mujer a la que entrega a un taxi porque, en caso afirmativo, se girará para decir adiós con la mano a través del parabrisas trasero. Evidentemente, mi chica de alquiler no se volvió. Desde aquella noche, el recuerdo de Audrey vive pegado a mi mente como un chicle a la suela de un zapato en un tórrido agosto. Por más que la restriego con la acera, sigue quedando un rastro rosa y pegajoso.
22/06/2005
 Julio tiene siete años y se pasa el día preguntándole a su madre cosas acerca de las niñas. Ayer los visité, y no paró de bombardearnos con un formulario de cuestiones acerca del otro sexo. Mientras lo observaba, pensé que, si sigue así, en un futuro todavía muy lejano, Julio probablemente hará feliz a la mujer que elija (o que lo elija), pues se habrá esforzado en entenderla. Nada más llegar a casa, me fui directa a la estantería del salón, cogí un libro de sobra conocido y releí el siguiente fragmento: “Supimos de los cielos estrellados que las niñas habían contemplado años atrás, cierta vez que acamparon, y del aburrimiento de los veranos yendo de aquí para allá, del patio trasero al delantero y nuevamente al trasero, y supimos también de un olor indefinible que salía de los inodoros en las noches de lluvia y al que las niñas daban el nombre de cloaqueo. Supimos qué se siente al ver a un muchacho con el pecho desnudo, una sensación que indujo a Lux a llenar con el nombre Kevin, escrito con rotulador Magic Marker de color púrpura, su libreta de tres anillas e incluso el sostén y las bragas, y por esto comprendimos que se pusiera como una furia el día que llegó a casa y se encontró con que la señora Lisbon había puesto sus cosas en remojo con Clorox a fin de hacer desaparecer todos aquellos Kevins. Supimos de la rabia que da que el viento de invierno te levante la falda y que las rodillas acaban doliéndote a fuerza de mantenerlas apretadas en clase y de lo fastidioso y cargante que resulta tener que saltar a la comba cuando los chicos juegan a béisbol. Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba tanto hacerse mayores ni por qué se sentían obligadas a dedicarse cumplidos, pero a veces, cuando uno de nosotros había leído en voz alta una larga parte del diario*, debíamos reprimir la necesidad de echarnos los unos en los brazos de los otros o de decirnos que estábamos guapísimos. Supimos de esa cárcel que es ser chica, de los impulsos y sueños que genera y por qué acaban sabiendo qué colores combinan y cuáles no. Supimos que las chicas eran gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio como animales con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros, nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas. Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas.” Las vírgenes suicidas (1994), Jeffrey Eugenides. *En menos de año y medio, las cinco hermanas Lisbon, adolescentes entre trece y diecisiete años, se suicidaron. Los chicos del barrio, fascinados por esas lolitas en flor, intentan desentrañar, veinte años después de lo ocurrido, el enigma de aquellas jóvenes a partir de distintas fuentes. Una de ellas es el contenido del diario de Celicia, la menor y la primera en despegar de la tierra.
24/06/2005
 Desde que aprovechase la coyuntura del robo de un ordenador para adentrarme en los confines de su antihigiénico hogar, mi vecino Jacinto abre la puerta de su apartamento cada vez que escucha que yo entro o salgo del mío. Y ahí está, al acecho, poniendo cara de casualidad, plantándole un pie en la barriga a Lolafló para que no salga en estampida hacia mis piernas, aunque al final no sirva para nada. “Esta perra es bollera. Está loca por ti”, me ha dicho esta tarde, cuando llevaba diez minutos intentando abrir la puerta de manera silenciosa para que el sonido de la cerradura no delatase mi llegada. “Pasa, que quiero contarte algo”. Y antes de que me dé tiempo a esgrimir la excusa de turno, aparece ante mí, ya en el salón, todo sonrisa, con su famosa botella de Coca-Cola ligth en una mano y una bolsa de Doritos en la otra, dispuesto a hacerme llevadero un nuevo cautiverio. “Es que tengo mucha prisa, Jacinto. Debo acabar un trabajo urgente”. Pero él pasa de mi excusa y del asilvestramiento de Lolafló, que, cuando al final me rindo y tomo asiento, salta desde el hombro del sofá hasta mi regazo. Acto seguido, me suelta que hace un par de años ganó un premio de poesía, y que ahora está enfrascado en un proyecto de novela. Luego viene lo peor, cuando me narra el argumento, me atraganto, y la perra vomita a mis pies los Doritos que le he dado a escondidas de su amo. Sinopsis: un chico gay de veinte años, es decir, él mismo, criado en el ambiente homófobo de una familia opusina en una aldea de Sevilla, intenta hacerse un hueco en el vagón de tren de la vida y el amor. Después de un salto espaciotemporal que imagino equivalente a más de cien páginas del futuro libro, el protagonista se enamora de un arrebatador argentino (Sartre, of course), con el que acaba casándose, porque a la altura de la página 325 ya se han aprobado los matrimonios entre personas del mismo sexo. Por fortuna, el tirorirorí de su móvil me rescata antes de que el novelista en ciernes me pregunte qué me parece su obra, y yo aprovecho ese instante para hacerle saber entre señales y susurros que me marcho. Ya en casa, levanto la persiana de la habitación. “Mira la vecina, Lola”, escucho la voz de Jacinto desde su terraza, separada de la mía tan sólo por una mampara. Entonces me paro en seco. Hago como me no he oído nada, y dejo la persiana a la mitad. Sentada en el borde de la cama, me impongo un reto: empezar a moverme por mi propio apartamento con el sigilo de un gato.
27/06/2005
 Leo una noticia relacionada con el mundo del automóvil y mi calenturienta mente piensa en orgasmos artificiales. Me explico: la existencia en un futuro muy cercano de coches inteligentes me planta en medio de esa escena de El dormilón (Woody Allen, 1973) en la que los hombres y las mujeres del mañana se meten en una especie de cabina de ducha llamada orgasmatrón para obtener placer sexual sin necesidad de contacto físico entre ellos. Al instante, las preguntas me convierten en un blanco fácil de acertar: ¿y si Knight se nos rebela y, pasando de la ruta que le programemos, sólo nos lleva al bingo o a los toros? ¿Qué piensan hacer los conductores de ese futuro de ensueño durante los recorridos, comer pipas? ¿No conseguirán esos ingeniosos vehículos que sus dueños se sientan un poco tontos, o al menos algo inútiles? Y cuando más picada estoy con el tema, hasta llegar a advertir que mis febriles ideas se han emancipado de mi yo, me tropiezo en el google con un documento demoledor. Sí, señoras y señores, el mítico orgasmatrón existe desde el año 2003, lo que prueba que el tío Woody fue más visionario que el propio Julio Verne con su submarino.
29/06/2005
 ¡Uf!, llego demasiado tarde para darte las buenas noches, chiquitín. Lo siento. Así que te doy los buenos días. Acuérdate de mí cuando te metas en la ducha, y cuando desayunes, y cuando te asalte la sonrisa de la camarera, y cuando tomes el metro, y cuando estés en la oficina, y cuando leas este email, y cuando vayas a comer, y cuando los mensajes de tu ex colapsen tu buzón de voz, y cuando la secretaria te ronronee inútilmente, y cuando te amodorres a la hora de la siesta, y cuando imagines la portada de mi libro, y cuando conozcas al nuevo cliente, y cuando te tomes una caña con los compañeros, y cuando regreses a casa, y cuando te metas en la cama, y cuando abraces la almohada, y cuando sueñes conmigo, y cuando te despiertes y vuelvas a la ducha, y al desayuno, y al metro... Buenos días, dulce niño, Ella
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