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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.
01/04/2005
 Te cambio un beso por las alas que compré a un hippy en el Rastro, una caricia por la varita con la que convierto a mis príncipes en ranas, un abrazo por la promesa de no bailar jamás sobre tu corazón, una sonrisa por el consentimiento a lamer mis tatuajes, un suspiro con mi nombre por la llave que abre el cofre de mi enigma.
04/04/2005
 Eva reparte faxes con la cara lavada, recoge su melena en una cola de caballo y viste de vaquero y camiseta de algodón. Eva se perfuma con colonia de bebé que despierta los instintos paternales y, por las mañanas, aparece en la oficina envuelta en un halo de talco, abeja reina del panal de ese reducido enjambre de muchachas que, a cualquier hora del día, parecen recién duchadas. Llevo cinco meses y dos semanas y media soñando con Eva Millán, conciliando el sueño a base de contar las pecas de sus hombros en lugar de corderitos, cayendo una vez tras otra en el pozo de unos ojos que se achican de manera inteligente cuando reflexionan. A lo largo de este tiempo, el canto de sirena de su voz se ha convertido en el hilo musical de mi existencia. Y todo desde que el diciembre pasado, en la barra del antro al que algunos compañeros acudimos tras la cena de Navidad de la empresa, me eché a llorar como un niño por ignoro qué tragedia de borracho. Entonces, antes de que pudiera darme cuenta, Eva, sentada a mi lado hasta ese instante, se puso de pie para, a continuación, inclinarse sobre mí y darme un beso en la frente. Ninguna otra mujer que no fuera mi madre me había besado jamás de una forma parecida. A partir de aquella noche, en mi muñeca se ajusta un reloj de manecillas clavadas en las 00:43, la hora a la que Eva me hizo adicto a su persona y devoto de unos besos diferentes.
06/04/2005
 “Plug&Play, Plug&Play, Plug&Play”. Mi mente andaba entretenida en entonar semejante cantinela cuando Juan me preguntó en qué estaba pensando. Primero le respondí que en nada, pero ante su insistencia le dije la verdad: –Plug&Play, Plug&Play, Plug&Play. –¿Enchufa y juega? –Es lo que pone en la caja. Entonces, el dedo índice de mi mano izquierda señaló el embalaje del televisor de plasma que esa misma tarde el servicio de entrega de unos grandes almacenes había dejado en su casa. En nuestras últimas discusiones había aprendido a concentrar toda mi atención en cualquier punto del lugar donde nos encontrásemos para abstraerme de una realidad más que crispada. Por el momento ese método lograba hacerme inmune a sus reproches.
09/04/2005
 Tarde de domingo. Cola de cine kilométrica. Sólo quedan entradas para la sesión nocturna. Unos cuantos abandonan la fila. El resto, conforme pasa por taquilla, se va metiendo en los cafés próximos a la sala: falta más de hora y media para que empiece la película. Cada dos minutos, un adolescente que sostiene en su mano izquierda una rosa roja abandona la hilera para pasar revista a los integrantes de la misma. Es alto y desgarbado. Bajo un abrigo gris de paño, viste camisa a cuadros y pantalones de pana. Sus zapatos de cordones tienen un color indefinible. La mencionada rosa lo convierte en blanco de jocosidades. Después de tres cuartos de hora de idas y venidas fijándose en cada chica, al fin le llega el turno y adquiere un par de entradas. Sentado en los escalones de una plaza próxima al cine, se saca del bolsillo interior del abrigo un ejemplar desgastado de las tragedias de Shakespeare. La fila se ha disuelto. La última sesión ha comenzado. El chico no entra en la sala. Coloca las entradas entre las páginas del libro. Luego, con la mirada algo empequeñecida, lo cierra y lo devuelve al bolsillo. Camino del metro, arroja la flor a una papelera.
11/04/2005
 Déjame abrazarte y miénteme. Engáñame al contarme que cuando mamá fue a darme a luz sintió que entre las piernas se le escapaba una estrella, que cuando papá me vio la cara sembró el camino a casa con tréboles de la suerte, que la niña de las botas altas y la nariz respingona que hoy huele a amanecer sangriento siempre fue la reina del patio del colegio.
15/04/2005
 Delante de un par de cervezas, el chico de la exposición me dijo que estaba hecha en blanco y negro, como la poesía y los sueños, como todo lo intangible: “La vida y sus miserias transcurren en color. Tú pareces una actriz de cine mudo”. Respondí a aquellos halagos sonriendo y sonrojándome. Luego, antes de despedirnos, me anotó la dirección de su estudio fotográfico: “Me encantaría hacerte un retrato”. Quedamos en que me pasaría por allí a la mañana siguiente, pero nunca aparecí. Poco después dejé a mi novio. De eso hace siete años y no he vuelto a tener otro. Los hombres con los que me he tropezado desde entonces sólo han sido capaces de verme en tecnicolor. (Para JLC, por haberme visto en blanco y negro)
19/04/2005
 En este atardecer de arañas trepándome por la garganta, busco tu sombra. Ya no se proyecta en las paredes de mi corazón, sucias de graffitis dibujados con los dedos del olvido. Como a la inocencia lacerada de la virgen que un día fui, te busco, pero mi peregrinar sólo me conduce a mí, sombra chinesca del ahorcado sobre la pantalla de tu espalda.
23/04/2005
 Sor Mª Antonia daba unos capones que cortaban la respiración. Al segundo de haber cometido faltas tan graves como hablar con la compañera de pupitre a deshora, reírte como la niña que eras, o emitir una opinión inconveniente, los afilados nudillos de la monja te abollaban el chasis de la cabeza. Nunca le conté a mi madre que la tutora de 6ºB pegaba a sus alumnas, y mucho menos que yo era uno de sus blancos preferidos. Me daba tanta vergüenza contar semejante afrenta que jamás la referí. Tras aplicar su correctivo, la monja, invariablemente, justificaba su actuación: “Es que, chica, paeces boba”. Luego cruzaba los brazos y escondía el puño justiciero bajo la manga contraria del hábito. A finales del segundo trimestre, en clase de matemáticas, Sor Carmen nos comunicó que, por motivos personales, Sor Mª Antonia había regresado a su ciudad natal y que, a partir de ese momento, ella sería nuestra nueva tutora. Una semana antes de las vacaciones de verano, la directora del centro nos convocó en la capilla. Allí nos informó de que Sor Mª Antonia había muerto a causa de una horrible enfermedad y nos pidió una oración por su alma. Algunas niñas dijeron que se sentían muy tristes, que les daba mucha pena lo ocurrido. Yo no dije nada, sólo me alegré del fin de los nudillos asesinos.
27/04/2005
 Ayer tuve una noche triste. Que nadie me pregunte los motivos. No pienso hablar, señor juez. Gracias a que las noches tristes y los días tontos no tienen nada que ver, no me castigué frente al televisor. Convencida de que en las noches tristes las calorías no computan en mi contra, cené a base de guarradas, y una vez dentro de la cama me zampé una ración familiar de helado de tiramisú. Mientras el placer se me derretía en la boca, deseé con impaciencia que llegase la tarde de hoy, cuando hundiré ese sentimiento conmigo en la piscina. Por cierto, que las noches tristes son de lo más comprensivas: la de ayer mandó callar a mi pepito grillo cuando apagué la lámpara de la mesilla sin antes embadurnarme en tratamientos reafirmantes y cremas antiarrugas. Hoy no es un día monumental, no están lloviendo amapolas y las espinas del rosal de mi terraza no se han convertido en billetes de quinientos euros. Pero, por muy malo que pretenda mostrarse, este día no será peor que el de ayer, con el abatimiento arrastrando sus botas de siete leguas por el parqué de mi ánimo.
30/04/2005
 Me paso la noche subiendo y bajando la cremallera de su espalda, toco el piano de sus vértebras y tenso el tambor de su vientre hasta escuchar un gemido con melodía de oboe. Después de conseguir el anhelado acorde, calmo mi sed con el sudor que le provoca este delirio compartido. Luego cuento los segundos en sus respiraciones y advierto el paso del tiempo en la sombra de la barba que se le alarga en el rostro.
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