
Leo una noticia relacionada con el mundo del
automóvil y mi calenturienta mente piensa en orgasmos artificiales. Me explico: la existencia en un futuro muy cercano de coches inteligentes me planta en medio de esa escena de
El dormilón (Woody Allen, 1973) en la que los hombres y las mujeres del mañana se meten en una especie de cabina de ducha llamada
orgasmatrón para obtener placer sexual sin necesidad de contacto físico entre ellos.
Al instante, las preguntas me convierten en un blanco fácil de acertar: ¿y si
Knight se nos rebela y, pasando de la ruta que le programemos, sólo nos lleva al bingo o a los toros? ¿Qué piensan hacer los conductores de ese futuro de ensueño durante los recorridos, comer pipas? ¿No conseguirán esos ingeniosos vehículos que sus dueños se sientan un poco tontos, o al menos algo inútiles?
Y cuando más picada estoy con el tema, hasta llegar a advertir que mis febriles ideas se han emancipado de mi yo, me tropiezo en
el google con un
documento demoledor. Sí, señoras y señores, el mítico
orgasmatrón existe desde el año 2003, lo que prueba que el tío Woody fue más visionario que el propio Julio Verne con su submarino.