
Desde que aprovechase la coyuntura del robo de un ordenador para adentrarme en los confines de su antihigiénico hogar, mi vecino
Jacinto abre la puerta de su apartamento cada vez que escucha que yo entro o salgo del mío. Y ahí está, al acecho, poniendo cara de casualidad, plantándole un pie en la barriga a Lolafló para que no salga en estampida hacia mis piernas, aunque al final no sirva para nada. “Esta perra es bollera. Está loca por ti”, me ha dicho esta tarde, cuando llevaba diez minutos intentando abrir la puerta de manera silenciosa para que el sonido de la cerradura no delatase mi llegada.
“Pasa, que quiero contarte algo”. Y antes de que me dé tiempo a esgrimir la excusa de turno, aparece ante mí, ya en el salón, todo sonrisa, con su famosa botella de
Coca-Cola ligth en una mano y una bolsa de
Doritos en la otra, dispuesto a hacerme llevadero un nuevo cautiverio. “Es que tengo mucha prisa, Jacinto. Debo acabar un trabajo urgente”. Pero él pasa de mi excusa y del asilvestramiento de Lolafló, que, cuando al final me rindo y tomo asiento, salta desde el hombro del sofá hasta mi regazo.
Acto seguido, me suelta que hace un par de años ganó un premio de poesía, y que ahora está enfrascado en un proyecto de novela. Luego viene lo peor, cuando me narra el argumento, me atraganto, y la perra vomita a mis pies los
Doritos que le he dado a escondidas de su amo. Sinopsis: un chico gay de veinte años, es decir, él mismo, criado en el ambiente homófobo de una familia opusina en una aldea de Sevilla, intenta hacerse un hueco en el vagón de tren de la vida y el amor. Después de un salto espaciotemporal que imagino equivalente a más de cien páginas del futuro libro, el protagonista se enamora de un arrebatador argentino (Sartre,
of course), con el que acaba casándose, porque a la altura de la página 325 ya se han aprobado los matrimonios entre personas del mismo sexo.
Por fortuna, el
tirorirorí de su móvil me rescata antes de que el novelista en ciernes me pregunte qué me parece su obra, y yo aprovecho ese instante para hacerle saber entre señales y susurros que me marcho.
Ya en casa, levanto la persiana de la habitación. “Mira la vecina, Lola”, escucho la voz de Jacinto desde su terraza, separada de la mía tan sólo por una mampara. Entonces me paro en seco. Hago como me no he oído nada, y dejo la persiana a la mitad. Sentada en el borde de la cama, me impongo un reto: empezar a moverme por mi propio apartamento con el sigilo de un gato.