
La noche que compré la compañía de Audrey sentí la tranquilidad del corredor de apuestas con olfato: nada más verla, supe que partía de la línea de salida con caballo ganador.
El anhelado ascenso llegaba al cabo de ocho años. El 13 de febrero, mis superiores daban una cena para celebrarlo, y Marta no estaría a mi lado.
Dos meses después de mi divorcio, mi ex mujer no me dirigía la palabra ni por teléfono. Me hacía llegar su resquemor a través de su abogado y, si quería comunicarme con mis hijos, tenía que usar intermediarios.
La noche de la cena, siguiendo los consejos de uno de los creativos de la agencia (“No aparezcas solo, lleva una chica guapa. No es bueno inspirar compasión”) aparecí en el restaurante con pareja. La velada fue un éxito: nadie preguntó por Marta ni hizo comparaciones odiosas entre mi nueva conquista y ella.
Audrey estuvo impecable. A diferencia de las cacatúas que flanqueaban al resto de invitados, ella no hablaba si no se le dirigía la palabra, sonreía sin llegar a una risa grosera, cuando su interlocutor le comentaba algo que se suponía interesante, mostraba interés con un leve enarcamiento de su ceja izquierda. Si, por el contrario, las palabras escuchadas eran merecedoras de pasar a mejor gloria, Audrey se limitaba a dar un sorbo a su copa. En caso de que se le dedicase algún halago, entrecerraba los párpados, como si dijese: "Muchas gracias, caballero, pero no es para tanto".
La fiesta terminó a las seis de la mañana, después de que nos echaran con muy buenos modos del casino adonde nos dirigimos al salir del restaurante.
Audrey no me permitió que la acompañase a casa en mi coche: "Lo siento, son las normas". Cuando se alejó, dentro del taxi, supe que no volvería a verla.
Uno sabe si verá de nuevo a la mujer a la que entrega a un taxi porque, en caso afirmativo, se girará para decir adiós con la mano a través del parabrisas trasero. Evidentemente, mi chica de alquiler no se volvió.
Desde aquella noche, el recuerdo de Audrey vive pegado a mi mente como un chicle a la suela de un zapato en un tórrido agosto. Por más que la restriego con la acera, sigue quedando un rastro rosa y pegajoso.