
Desde que nos separamos,
cada mañana atardece dentro de mi corazón.
Tu ausencia ha transformado mis amaneceres en sombras crepusculares.
El timbre del despertador semeja una marcha fúnebre
que me sacude el insomnio y me empuja al paredón de un nuevo día.
La luz solar me hiere,
lo mismo que la sal de la memoria abrasa las heridas del recuerdo.
Desgraciadamente, no podré ser fusilada:
las balas no atraviesan la carne descompuesta de los muertos vivientes.