
Camino de la piscina, no he podido evitar detenerme delante de un escaparate para deleitarme con la manera en que un chico vestía a un maniquí con tetas. Allí estaba, encorvado, con la barbilla apoyada sobre el hombro del muñeco, susurrándole algo tierno o, quién sabe, tal vez cualquier procacidad dicha entre dientes.
Al terminar su trabajo, el chico ha resoplado en lo que yo he traducido como un intento de apartarse el flequillo de la frente. Luego me ha mirado, me ha sonreído y, con un movimiento de cabeza, me ha invitado a entrar.
Yo, lejos de aceptar, he apretado el paso, y sólo me he parado en la taquilla del polideportivo. A estas alturas de la vida una está dispuesta a casi todo, menos a dejarse secuestrar el poquísimo misterio que reúne a duras penas.