La Orgía Perpetua



"La única forma de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua." (Gustave Flaubert)

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Nuevos vecinos

Nuevos vecinos.jpgTengo vecinos nuevos, una pareja compuesta por un sevillano y un habanero amos de una perra llamada Lolafló. Los he conocido porque Jacinto, el sevillano, ha tocado mi puerta esta mañana para preguntarme si ayer por la tarde escuché ruidos extraños en su piso. He lamentado no poder serle de ayuda. Tengo la mala costumbre de no prestar atención a los sonidos emitidos extramuros de mi dulce hogar a veces. Además, desde que viven aquí, todo estruendo vecinal queda amortiguado por los cantos de su folclórico chucho.

Jacinto me ha contado que ayer entraron en su piso y les robaron un ordenador que aún no han empezado a pagar él y su novio. Luego, sin saber cómo ni por qué, en cuestión de segundos, me he visto arrastrada hasta la escena del crimen. Ha sido entonces cuando he conocido a Sartre, el cubano, que me ha dedicado un hola con cara de pocos amigos y ha reñido a su pareja por invitarme a pasar: “¿No ves como está todo?”. Supongo que con “todo” se refería a las mierdas de perro que flotaban a modo de islas fétidas en la inmensidad de unas meadas de lo más turbias.

Tras sortear un sendero de baldosas enfangadas, hemos llegado hasta una mesa de trabajo con una capa de polvo de dos dedos de grosor y un solo espacio impoluto, el que en su momento debió de ocupar el monitor del añorado PC. ¿Acaso tengo careto de investigador privado?

Camino de la puerta, Jacinto ha andado más rápido que yo y, antes de que mandara mi maldita educación a hacer puñetas para escapar de aquel lugar con una arcada a flor de boca, me ha plantado en la mano un vaso de medio litro lleno de Coca-Cola light. Después de eso no me ha quedado más remedio que sentarme a escuchar, alucinada, la sarta de memeces narradas por el sevillano mientras Lolafló me potreaba y Sartre asentía todo el rato con rostro imperturbable.

Cuando mi mente trataba de evadirse de tanta perversión con el sencillo mantra: ARGHOB VYADESA HIDHAMI, o lo que es lo mismo, “no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor”, he visto una rata blanca tamaño XXL cruzando la sala de estar. “Es un hurón”, han respondido a mi estridente: “Pero ¿tenéis otro bicho?”. “Por eso huele tan raro, es que hay que operarlo para quitarle yo no sé qué glándulas”, me ha aclarado el cubano, que porque él lo dice, pero su acento no es de La Habana ni de ningún otro rincón de este planeta. Habla como Faemino, el compañero de Cansado, de ahí que, más que pensar que es extranjero, lo primero que se te pasa por la mente al escuchar el tonito de su voz y sus sagaces reflexiones es que vino al mundo con el cordón umbilical por corbata.

Dos horas después, en casa, liberada de un confinamiento supuestamente amistoso, he considerado que a los nuevos inquilinos del apartamento 666 no les han robado nada y que se han inventado la historia del hurto para secuestrarme y torturarme con sus marranadas y sus estupideces sin levantar sospecha alguna de su condición de nuevos plomos en la comunidad.
29/05/2005 22:59


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