
Me paso la noche subiendo y bajando la cremallera de su espalda,
toco el piano de sus vértebras
y tenso el tambor de su vientre
hasta escuchar un gemido con melodía de oboe.
Después de conseguir el anhelado acorde,
calmo mi sed con el sudor que le provoca este delirio compartido.
Luego cuento los segundos en sus respiraciones
y advierto el paso del tiempo en la sombra de la barba que se le alarga en el rostro.