
Ayer tuve una noche triste. Que nadie me pregunte los motivos. No pienso hablar, señor juez. Gracias a que las noches tristes y
los días tontos no tienen nada que ver, no me castigué frente al televisor.
Convencida de que en las noches tristes las calorías no computan en mi contra, cené a base de guarradas, y una vez dentro de la cama me zampé una ración familiar de helado de tiramisú. Mientras el placer se me derretía en la boca, deseé con impaciencia que llegase la tarde de hoy, cuando hundiré ese sentimiento conmigo en la piscina.
Por cierto, que las noches tristes son de lo más comprensivas: la de ayer mandó callar a mi pepito grillo cuando apagué la lámpara de la mesilla sin antes embadurnarme en tratamientos reafirmantes y cremas antiarrugas.
Hoy no es un día monumental, no están lloviendo amapolas y las espinas del rosal de mi terraza no se han convertido en billetes de quinientos euros. Pero, por muy malo que pretenda mostrarse, este día no será peor que el de ayer, con el abatimiento arrastrando sus botas de siete leguas por el parqué de mi ánimo.