
La última vez que hablé con Mario gasté una indignidad idéntica a la derrochada durante el par de meses que duró nuestra relación, cuando él tenía a bien calmar sus inseguridades retando mi paciencia, poniendo plazo al tiempo que estaría dispuesta a malgastar a su lado, asegurando quererme, que no amarme, como si ambos verbos fuesen hemisferios enfrentados de un mismo continente.
En esas ocasiones, yo sólo lo abrazaba y le pedía que se callara, y él me recomendaba que no me ilusionase, que fuese un poco práctica, que pisara el sucio suelo que nos sostenía calzada con los chapines de la realidad.
La última vez que hablamos fue el día que lo telefoneé para felicitarlo por su cumpleaños. El mío había sido nueve días antes, pero él no me llamó. En realidad mentiría si dijera que esperaba que lo hiciese.
Después de desearle toda la dicha posible en fecha tan señalada, me apresuré a agradecerle su generosidad al descolgarme, su magnanimidad al atenderme, su nobleza al apiadarse de mi desesperación por cruzar con él unas palabras. Luego me disculpé, por si lo había importunado, y él no emitió palabra alguna para intentar apaciguar el desasosiego ajeno.
Sus hondos silencios, salpicados de forzadas fórmulas de cortesía, dejaban escuchar un rumor de fondo propio de los días de festejo. A diferencia de mí nueve días atrás, él sí había convocado el ánimo preciso para celebraciones.
Tras advertir cómo una voz femenina llamaba al homenajeado mi amor y le pedía que colgase, le dije a Mario hasta luego, sabedora de que al fin le estaba diciendo hasta siempre.