
De que ayer tuve un día tonto me enteré a las diez de la noche, cuando, ante mi propio asombro, reté a mi inteligencia en virtud de ignoro qué oscura causa y me planté frente al televisor dispuesta a maravillarme con la última adaptación cinematográfica (que no haya más, por favor) de
Lolita. ¿Intención del experimento?: comprobar hasta dónde puede llegar la necedad del creador. ¿Conclusión?: no tiene límites.
El papá del engendro es Adrian Lyne, autor de títulos tan evocadores e imprescindibles como
Zorras,
Nueve semanas y media o
Flashdance. Con semejante filmografía una ya se hacía una somera idea de la que le podía caer si se dejaba arrastrar por sus más bajos instintos experimentales. Entonces, ¿escuché la prudente voz de mi conciencia reflexiva? No, lo que me dio la oportunidad de descubrir que el poder de un día tonto reside en su capacidad de desafiar a la kamikaze que habita en mi interior.
A los cinco minutos ya sentí la tentación de fundir en negro la pantalla. No obstante, el carácter temerario que me caracteriza, o ese punto masoquista propio de todo teleespectador, me mantuvo pegada al sofá, presa de un trance de estupefacción.
A partir de ese momento ya todo fue rodado, y sólo me percaté de la flaqueza de mi voluntad cuando advertí la necesidad irreprimible de contemplar el cataclismo en el que podía culminar aquel delirio.
Lo que comenzó como la consecuencia lógica de un día tonto acabó convertido en la certeza de tener en propiedad un alma castigadora. De lo contrario, una no se explica que después de haber leído una novela magistral reúna la energía requerida para afrontar tan hercúlea prueba.
Con la cena atragantada, no dejé de pensar en
Nabokov y en el insulto a su memoria que suponía el lamentable espectáculo que estaba presenciando. Pero ahí continuaba la denostada actitud de una mortal cualquiera en un día tonto, alzándose con la victoria, borracha de triunfo, porque, ¿apagué el televisor?, pues no, seguí tragando patetismo, el de un director que piensa que dar al mal gusto forma de piruleta chupada por una adolescente (por cierto, Lolita era una niña de doce años) con los dientes llenos de brackets (¡qué morbo, qué original!) es la sublimación del erotismo.
Resultado de la operación autoflagelo:
Buen propósito de la jornada de ayer antes de ir a dormir: no permitirme el lujo de días tontos en un futuro próximo o lejano.
Balance positivo: hoy mismo me arrojaré a la enésima relectura del libro de Nabokov para quitarme el regusto del engrudo ingerido.
Moraleja: en este caso, más que en ningún otro, la curiosidad volvió a matar (en esta ocasión, se cargó mi paciencia).
Recomendación a Lyne: antes de perpetrar su próximo fusilamiento cinematográfico alquílese, por ejemplo,
Las vírgenes suicidas, adaptación de la novela homónima de Jeffrey Eugenides y estreno en la dirección de Sofia Coppola.
Un deseo de ilusa: que todos los artistas dejen testamento escrito prohibiendo a sus herederos la venta de los derechos de una sola de sus obras.