
24 de diciembre. Diez y media de la noche. Blanco de hospital, de batas viejas, de rostros indolentes, de desinfección. Nunca blanco Navidad, blanco de nieve. Al sur del corazón no nieva nunca.
Urgencias. Sala de espera. Ella llega escoltada: una mujer y un hombre la llevan en volandas. El tono de su rostro va a juego con la fecha. Su mirada, enfebrecida, no se despega del suelo. No aparenta más de veinte, pero quizá tenga treinta: la indefensión rejuvenece.
Un médico se asoma con unos papeles en la mano, los hojea, pronuncia un nombre. La muchacha se remueve en el asiento. El hombre y la mujer se levantan, la levantan. Algunos de los allí presentes se quejan: todos llevan más tiempo esperando que los convocados. El doctor elude las protestas y acompaña a esas personas hasta la consulta. La puerta se cierra tras de sí.