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22/09/2005
12/08/2005
 En un visto y no visto, vuelvo y me marcho. Voy a tomarme un café largo. Hasta septiembre.
19/07/2005
 Él a ella una madrugada cualquiera: “Quisiera ser correo de orgasmos y estremecimientos y no de ronquidos y pedos”. Acto seguido, él se viste y se marcha. Ella duerme a pierna suelta. Nunca volverán a verse.
15/07/2005
 Hoy me he despertado temblando. “Somos tiempo. Los seres humanos somos tiempo. Estamos hechos de tiempo amasado con arcilla, y tres o cuatro recuerdos. Ésa es la materia prima de la que estamos formados. Segundos. Minutos. Meses. Años. Décadas. Siglos. Milenios. Y yo estoy aquí sin saber qué hacer y tiemblo. Tiemblo de tiempo.” La voz cantante (2004), Eloy Tizón. (Fotografía: tumba del pintor Edward Hopper.)
12/07/2005
 Esta última semana me he releído por enésima vez una obra maestra. Eso, y el haber tenido tiempo para darme cuenta de que soy mucho más viciosa de lo que imaginaba, hacen que retome con fuerzas renovadas la regencia de esta bacanal.
03/07/2005
 Nadie, el chico que me regala abrazos de oso por correo, me envió hace unos días un post desolador de un amigo suyo, supongo que para hacerme comprender que la barbarie no sólo ha llegado a esta orgía. A semejante documento poco puedo añadir. Quizá algo parecido a lo que dice su autor, porque os voy a extrañar muchísimo, no tenéis idea de cuánto, a todos, a los viejos amigos y a los nuevos, tan generosos siempre. La vida es cruel, pero sabia, y a veces nos coloca en medio de una situación absurda e insoportable para que apreciemos la riqueza circundante. Estos días de comentarios hirientes y correos tremebundos deseándome la muerte por participar en un concurso me han servido para comprobar mi inmensa fortuna por teneros ahí. Por ello, quiero dar las gracias a todas las personas que se han solidarizado vía comentario o vía email con mi penosa situación, y sobre todo a mi familia, que lleva seis años riendo y llorando conmigo en la distancia. Me encantaría imaginar que me voy de vacaciones y que volveré con fuerzas renovadas. Eso sí, me vais a perdonar por cerrar los comentarios, pero no consentiré que ensucien este agradecimiento. Os quiero. (Para Jío: querido amigo, no hay suficientes jarrazos en el mundo capaces de pagar tu generosidad.)
01/07/2005
 Hoy decido que termino con lo de hablar y no hacer. Así que paso a la acción. Me apunto a clases de tango. ¿Bailas?
29/06/2005
 ¡Uf!, llego demasiado tarde para darte las buenas noches, chiquitín. Lo siento. Así que te doy los buenos días. Acuérdate de mí cuando te metas en la ducha, y cuando desayunes, y cuando te asalte la sonrisa de la camarera, y cuando tomes el metro, y cuando estés en la oficina, y cuando leas este email, y cuando vayas a comer, y cuando los mensajes de tu ex colapsen tu buzón de voz, y cuando la secretaria te ronronee inútilmente, y cuando te amodorres a la hora de la siesta, y cuando imagines la portada de mi libro, y cuando conozcas al nuevo cliente, y cuando te tomes una caña con los compañeros, y cuando regreses a casa, y cuando te metas en la cama, y cuando abraces la almohada, y cuando sueñes conmigo, y cuando te despiertes y vuelvas a la ducha, y al desayuno, y al metro... Buenos días, dulce niño, Ella
27/06/2005
 Leo una noticia relacionada con el mundo del automóvil y mi calenturienta mente piensa en orgasmos artificiales. Me explico: la existencia en un futuro muy cercano de coches inteligentes me planta en medio de esa escena de El dormilón (Woody Allen, 1973) en la que los hombres y las mujeres del mañana se meten en una especie de cabina de ducha llamada orgasmatrón para obtener placer sexual sin necesidad de contacto físico entre ellos. Al instante, las preguntas me convierten en un blanco fácil de acertar: ¿y si Knight se nos rebela y, pasando de la ruta que le programemos, sólo nos lleva al bingo o a los toros? ¿Qué piensan hacer los conductores de ese futuro de ensueño durante los recorridos, comer pipas? ¿No conseguirán esos ingeniosos vehículos que sus dueños se sientan un poco tontos, o al menos algo inútiles? Y cuando más picada estoy con el tema, hasta llegar a advertir que mis febriles ideas se han emancipado de mi yo, me tropiezo en el google con un documento demoledor. Sí, señoras y señores, el mítico orgasmatrón existe desde el año 2003, lo que prueba que el tío Woody fue más visionario que el propio Julio Verne con su submarino.
24/06/2005
 Desde que aprovechase la coyuntura del robo de un ordenador para adentrarme en los confines de su antihigiénico hogar, mi vecino Jacinto abre la puerta de su apartamento cada vez que escucha que yo entro o salgo del mío. Y ahí está, al acecho, poniendo cara de casualidad, plantándole un pie en la barriga a Lolafló para que no salga en estampida hacia mis piernas, aunque al final no sirva para nada. “Esta perra es bollera. Está loca por ti”, me ha dicho esta tarde, cuando llevaba diez minutos intentando abrir la puerta de manera silenciosa para que el sonido de la cerradura no delatase mi llegada. “Pasa, que quiero contarte algo”. Y antes de que me dé tiempo a esgrimir la excusa de turno, aparece ante mí, ya en el salón, todo sonrisa, con su famosa botella de Coca-Cola ligth en una mano y una bolsa de Doritos en la otra, dispuesto a hacerme llevadero un nuevo cautiverio. “Es que tengo mucha prisa, Jacinto. Debo acabar un trabajo urgente”. Pero él pasa de mi excusa y del asilvestramiento de Lolafló, que, cuando al final me rindo y tomo asiento, salta desde el hombro del sofá hasta mi regazo. Acto seguido, me suelta que hace un par de años ganó un premio de poesía, y que ahora está enfrascado en un proyecto de novela. Luego viene lo peor, cuando me narra el argumento, me atraganto, y la perra vomita a mis pies los Doritos que le he dado a escondidas de su amo. Sinopsis: un chico gay de veinte años, es decir, él mismo, criado en el ambiente homófobo de una familia opusina en una aldea de Sevilla, intenta hacerse un hueco en el vagón de tren de la vida y el amor. Después de un salto espaciotemporal que imagino equivalente a más de cien páginas del futuro libro, el protagonista se enamora de un arrebatador argentino (Sartre, of course), con el que acaba casándose, porque a la altura de la página 325 ya se han aprobado los matrimonios entre personas del mismo sexo. Por fortuna, el tirorirorí de su móvil me rescata antes de que el novelista en ciernes me pregunte qué me parece su obra, y yo aprovecho ese instante para hacerle saber entre señales y susurros que me marcho. Ya en casa, levanto la persiana de la habitación. “Mira la vecina, Lola”, escucho la voz de Jacinto desde su terraza, separada de la mía tan sólo por una mampara. Entonces me paro en seco. Hago como me no he oído nada, y dejo la persiana a la mitad. Sentada en el borde de la cama, me impongo un reto: empezar a moverme por mi propio apartamento con el sigilo de un gato.
22/06/2005
 Julio tiene siete años y se pasa el día preguntándole a su madre cosas acerca de las niñas. Ayer los visité, y no paró de bombardearnos con un formulario de cuestiones acerca del otro sexo. Mientras lo observaba, pensé que, si sigue así, en un futuro todavía muy lejano, Julio probablemente hará feliz a la mujer que elija (o que lo elija), pues se habrá esforzado en entenderla. Nada más llegar a casa, me fui directa a la estantería del salón, cogí un libro de sobra conocido y releí el siguiente fragmento: “Supimos de los cielos estrellados que las niñas habían contemplado años atrás, cierta vez que acamparon, y del aburrimiento de los veranos yendo de aquí para allá, del patio trasero al delantero y nuevamente al trasero, y supimos también de un olor indefinible que salía de los inodoros en las noches de lluvia y al que las niñas daban el nombre de cloaqueo. Supimos qué se siente al ver a un muchacho con el pecho desnudo, una sensación que indujo a Lux a llenar con el nombre Kevin, escrito con rotulador Magic Marker de color púrpura, su libreta de tres anillas e incluso el sostén y las bragas, y por esto comprendimos que se pusiera como una furia el día que llegó a casa y se encontró con que la señora Lisbon había puesto sus cosas en remojo con Clorox a fin de hacer desaparecer todos aquellos Kevins. Supimos de la rabia que da que el viento de invierno te levante la falda y que las rodillas acaban doliéndote a fuerza de mantenerlas apretadas en clase y de lo fastidioso y cargante que resulta tener que saltar a la comba cuando los chicos juegan a béisbol. Nunca llegamos a entender por qué a las chicas les preocupaba tanto hacerse mayores ni por qué se sentían obligadas a dedicarse cumplidos, pero a veces, cuando uno de nosotros había leído en voz alta una larga parte del diario*, debíamos reprimir la necesidad de echarnos los unos en los brazos de los otros o de decirnos que estábamos guapísimos. Supimos de esa cárcel que es ser chica, de los impulsos y sueños que genera y por qué acaban sabiendo qué colores combinan y cuáles no. Supimos que las chicas eran gemelas nuestras, que todos existíamos en el espacio como animales con idéntica piel y que si ellas lo sabían todo de nosotros, nosotros en cambio no podíamos sacar nada en claro de ellas. Supimos, finalmente, que las hermanas Lisbon eran en realidad mujeres disfrazadas de niñas, que sabían del amor e incluso de la muerte y que nuestra función se reducía simplemente a emitir una especie de ruido que parecía fascinarlas.” Las vírgenes suicidas (1994), Jeffrey Eugenides. *En menos de año y medio, las cinco hermanas Lisbon, adolescentes entre trece y diecisiete años, se suicidaron. Los chicos del barrio, fascinados por esas lolitas en flor, intentan desentrañar, veinte años después de lo ocurrido, el enigma de aquellas jóvenes a partir de distintas fuentes. Una de ellas es el contenido del diario de Celicia, la menor y la primera en despegar de la tierra.
20/06/2005
 La noche que compré la compañía de Audrey sentí la tranquilidad del corredor de apuestas con olfato: nada más verla, supe que partía de la línea de salida con caballo ganador. El anhelado ascenso llegaba al cabo de ocho años. El 13 de febrero, mis superiores daban una cena para celebrarlo, y Marta no estaría a mi lado. Dos meses después de mi divorcio, mi ex mujer no me dirigía la palabra ni por teléfono. Me hacía llegar su resquemor a través de su abogado y, si quería comunicarme con mis hijos, tenía que usar intermediarios. La noche de la cena, siguiendo los consejos de uno de los creativos de la agencia (“No aparezcas solo, lleva una chica guapa. No es bueno inspirar compasión”) aparecí en el restaurante con pareja. La velada fue un éxito: nadie preguntó por Marta ni hizo comparaciones odiosas entre mi nueva conquista y ella. Audrey estuvo impecable. A diferencia de las cacatúas que flanqueaban al resto de invitados, ella no hablaba si no se le dirigía la palabra, sonreía sin llegar a una risa grosera, cuando su interlocutor le comentaba algo que se suponía interesante, mostraba interés con un leve enarcamiento de su ceja izquierda. Si, por el contrario, las palabras escuchadas eran merecedoras de pasar a mejor gloria, Audrey se limitaba a dar un sorbo a su copa. En caso de que se le dedicase algún halago, entrecerraba los párpados, como si dijese: "Muchas gracias, caballero, pero no es para tanto". La fiesta terminó a las seis de la mañana, después de que nos echaran con muy buenos modos del casino adonde nos dirigimos al salir del restaurante. Audrey no me permitió que la acompañase a casa en mi coche: "Lo siento, son las normas". Cuando se alejó, dentro del taxi, supe que no volvería a verla. Uno sabe si verá de nuevo a la mujer a la que entrega a un taxi porque, en caso afirmativo, se girará para decir adiós con la mano a través del parabrisas trasero. Evidentemente, mi chica de alquiler no se volvió. Desde aquella noche, el recuerdo de Audrey vive pegado a mi mente como un chicle a la suela de un zapato en un tórrido agosto. Por más que la restriego con la acera, sigue quedando un rastro rosa y pegajoso.
17/06/2005
 Hoy me he despertado con un agujero negro en las entrañas y una frase tan tremenda como hermosa quemándome la mente: “He visto atacar naves en llamas más allá de Orión”. El replicante Nexus-6 Roy Batty pronuncia esas palabras al final de la película Blade Runner como un ángel exterminador que en el último segundo de su vida sigue buscando respuestas al dolor existencial. Luego me he esforzado en recordar el monólogo completo: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.” Y yo, que hace algún tiempo fui una antorcha humana asediada por las circunstancias, en ese momento descubro mi condición de replicante que lucha por impedir, a toda costa, que el diluvio del futuro arrastre los llantos pasados. Algo inevitable ahora, con la arena de todos los relojes escapándose en mi contra. Anoche marqué su número después de varias semanas. Le pregunté si me invitaba a su casa a ver algún DVD, pero en realidad sólo le estaba rogando que me salvase de mí misma, que me rescatase durante unas horas de este mundo que calla ante mis cuestiones igual que frente a Batty hiciera su creador. Cuando acabó la película, tan alucinada como la primera vez que la vi, pedí a mi anfitrión que me dejase quedarme a dormir con él, ante lo que se me ofreció una negativa en nombre de la coherencia. Supongo que está bien eso de que uno de los dos sea capaz de convocar un rayo de lucidez en medio del delirio compartido, alguien dispuesto a tomar de una vez por todas una decisión inaplazable. Así que, aunque jamás me he acostumbrado a dormir acompañada, al llegar a casa y meterme en la cama, necesité colocar la almohada en posición vertical para abandonarme al subconsciente fundida en un abrazo. Al cabo de unas horas, como cada mañana, me han arrancado del sueño los cláxones enfurecidos en la calle Alcalá, y la ignífuga frase pronunciada por un androide de carne y hueso moribundo ya no me ha abandonado en todo el día.
15/06/2005
 Puedo prometer y prometo: -Que sobre esta orgía nunca saldrá el sol. -Que jamás le cambiaré su santo y seña. -Que los más viciosos seguiréis siendo sus dueños. -Que os rellenaré el colchón con plumas de misterio. -Que nos fumaremos todos las miserias. Si eso no bastase, ofrezco: -Vales descuento canjeables en la terminal nº 2. -Una caída de párpados made in Muñequita Linda. -Sueños en blanco y negro. -A ellos, un sencillo trueque. -A ellas, simplemente un beso. Si te seduce mi propuesta, pincha en el enlace de la izquierda y vótame. La orgía perpetua está entre los 25 blogs más votados en los PREMIOS 20 BLOGS convocados por 20 minutos.
13/06/2005
 Esta mañana, después de saldar cuentas en el quiosco de debajo de casa, he sido asaltada por un par de ancianitas con caras de hiena insatisfecha. Mientras compraba la prensa, ya me percaté del descaro de cuatro ojos fisgones recorriendo sin rubor el circuito de toda mi anatomía, apenas tapada por un escueto vestido de verano al más puro estilo lalalá. Cuando me he dado la vuelta para regresar a casa, tenía detrás de mí a unas septuagenarias de la liga antiindecencia, todas collares de perlas y sonrisas congeladas. Por el modo en que me han mirado, he creído que iban a llamarme guarra. Pero, no, lejos de todo pronóstico, se han limitado a rogarme una pizca de atención. Testigas de Jehová, he pensado al instante. “¿Podemos hacerte unas preguntas?”. Entonces, en lugar de salir corriendo con la excusa de la sempiterna prisa, en virtud de ignoro qué extraña razón, he optado por militar en las filas de la encuestada cabrona, antes muerta que sincera. -¿Eres creyente? –me pregunta la vieja uno. -Sí, claro. -Eso está muy bien, hija mía –me felicita la vieja dos. -Y ¿sueles ir a misa? –vuelve a interrogar la vieja uno. -Por supuesto, si no ¿qué tipo de cristiana sería? –ante la posibilidad de que las urracas me digan que mi cara no les suena de la iglesia del barrio, continúo– Lo que pasa es que me he mudado hace poco, y por ahora sigo yendo a mi parroquia de siempre. -¡Ah!, eso es normal, pero cuanto antes tomes contacto con la parroquia más próxima antes te integrarás en tu nueva comunidad –me recomienda la vieja dos poniendo voz de miembro de cualquier consejo de sabios. -¿Sabes?, cuando nos acercamos a la gente se piensa que somos testigas de Jehová –hay que ver, qué cosas tiene la gente. Además, a mí eso qué me importa–. ¿Acaso los cristianos no tenemos derecho a predicar la palabra de Dios? –asiento con la cabeza a la vieja uno en tanto empiezo a arrepentirme de mi gracia. -¿Estás casada, hija? –dispara la vieja dos, tan pegada a su colega que me parecen siamesas. -No, pero estoy haciendo los preparativos para la primavera que viene –me regocijo en mi vileza. -La juventud está tan perdida... Necesita referentes. Los chicos no respetan a las chicas, y ellas regalan su virtud a cualquiera –me cuenta la vieja uno, al tiempo que se fija en el tirante recién caído de mi minivestido rosa y, a mi entender, comienza a percatarse del fiasco católico, apostólico y romano que tiene delante de sus narices. -Bueno, yo debo marcharme. Es que he quedado para ir a misa de doce –al adelantar un pie, ambas clavan la vista en mis sandalias, y mis uñas, pintadas de rojo sangre seca, palidecen ante el inquisidor pase de revista–, y tengo que cambiarme. -Nosotras estamos siempre predicando por la zona –¡qué horror! Eso me suena a amenaza de “que me he quedado con tu cara”–. Así que, si necesitas algo... –me ofrece la vieja dos. -Pues muy bien. Muchas gracias. Hasta luego. -Hasta luego, hija, ve con Dios –cantan al unísono. Nada más abrir la puerta del apartamento, compruebo que XY* aún no se ha levantado. -Has tardado mucho, ¿no? –me dice desde la cama. -Me han asaltado unas beatas con ganas de evangelizar –le respondo mientras me escurro entre las sábanas. -Joder, pues les ha tocado el gordo. Contigo tienen trabajo hasta el resto de sus días –sin dejar de hablar, mete una mano debajo de mi vestido–. ¿Y cómo te las has quitado de encima? -Les he dicho que me estabas esperando para el padrenuestro matinal. *A partir de ahora, el pseudónimo XY hará referencia a toda compañía masculina cuya verdadera identidad no resulte imprescindible para el desarrollo de la narración.
09/06/2005
 Desde que nos separamos, cada mañana atardece dentro de mi corazón. Tu ausencia ha transformado mis amaneceres en sombras crepusculares. El timbre del despertador semeja una marcha fúnebre que me sacude el insomnio y me empuja al paredón de un nuevo día. La luz solar me hiere, lo mismo que la sal de la memoria abrasa las heridas del recuerdo. Desgraciadamente, no podré ser fusilada: las balas no atraviesan la carne descompuesta de los muertos vivientes.
06/06/2005
 Colócate en el punto muerto de mi pensamiento. Necesito un aliado para desenmascarar a los espías de mis obsesiones. Quienes me han hablado de ellos dicen que tienen la mirada inmóvil. En cuanto los descubras, hazme una señal. Yo disimularé. Si encuentras un sueño frustrado, tírate de la oreja. Si adivinas una ilusión perdida, tócate la nariz. Si sospechas un recuerdo improcedente, ráscate el mentón. Si te tropiezas contigo, sal de mi mente de inmediato y vente para acá.
02/06/2005
 Camino de la piscina, no he podido evitar detenerme delante de un escaparate para deleitarme con la manera en que un chico vestía a un maniquí con tetas. Allí estaba, encorvado, con la barbilla apoyada sobre el hombro del muñeco, susurrándole algo tierno o, quién sabe, tal vez cualquier procacidad dicha entre dientes. Al terminar su trabajo, el chico ha resoplado en lo que yo he traducido como un intento de apartarse el flequillo de la frente. Luego me ha mirado, me ha sonreído y, con un movimiento de cabeza, me ha invitado a entrar. Yo, lejos de aceptar, he apretado el paso, y sólo me he parado en la taquilla del polideportivo. A estas alturas de la vida una está dispuesta a casi todo, menos a dejarse secuestrar el poquísimo misterio que reúne a duras penas.
29/05/2005
 Tengo vecinos nuevos, una pareja compuesta por un sevillano y un habanero amos de una perra llamada Lolafló. Los he conocido porque Jacinto, el sevillano, ha tocado mi puerta esta mañana para preguntarme si ayer por la tarde escuché ruidos extraños en su piso. He lamentado no poder serle de ayuda. Tengo la mala costumbre de no prestar atención a los sonidos emitidos extramuros de mi dulce hogar a veces. Además, desde que viven aquí, todo estruendo vecinal queda amortiguado por los cantos de su folclórico chucho. Jacinto me ha contado que ayer entraron en su piso y les robaron un ordenador que aún no han empezado a pagar él y su novio. Luego, sin saber cómo ni por qué, en cuestión de segundos, me he visto arrastrada hasta la escena del crimen. Ha sido entonces cuando he conocido a Sartre, el cubano, que me ha dedicado un hola con cara de pocos amigos y ha reñido a su pareja por invitarme a pasar: “¿No ves como está todo?”. Supongo que con “todo” se refería a las mierdas de perro que flotaban a modo de islas fétidas en la inmensidad de unas meadas de lo más turbias. Tras sortear un sendero de baldosas enfangadas, hemos llegado hasta una mesa de trabajo con una capa de polvo de dos dedos de grosor y un solo espacio impoluto, el que en su momento debió de ocupar el monitor del añorado PC. ¿Acaso tengo careto de investigador privado? Camino de la puerta, Jacinto ha andado más rápido que yo y, antes de que mandara mi maldita educación a hacer puñetas para escapar de aquel lugar con una arcada a flor de boca, me ha plantado en la mano un vaso de medio litro lleno de Coca-Cola light. Después de eso no me ha quedado más remedio que sentarme a escuchar, alucinada, la sarta de memeces narradas por el sevillano mientras Lolafló me potreaba y Sartre asentía todo el rato con rostro imperturbable. Cuando mi mente trataba de evadirse de tanta perversión con el sencillo mantra: ARGHOB VYADESA HIDHAMI, o lo que es lo mismo, “no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor”, he visto una rata blanca tamaño XXL cruzando la sala de estar. “Es un hurón”, han respondido a mi estridente: “Pero ¿tenéis otro bicho?”. “Por eso huele tan raro, es que hay que operarlo para quitarle yo no sé qué glándulas”, me ha aclarado el cubano, que porque él lo dice, pero su acento no es de La Habana ni de ningún otro rincón de este planeta. Habla como Faemino, el compañero de Cansado, de ahí que, más que pensar que es extranjero, lo primero que se te pasa por la mente al escuchar el tonito de su voz y sus sagaces reflexiones es que vino al mundo con el cordón umbilical por corbata. Dos horas después, en casa, liberada de un confinamiento supuestamente amistoso, he considerado que a los nuevos inquilinos del apartamento 666 no les han robado nada y que se han inventado la historia del hurto para secuestrarme y torturarme con sus marranadas y sus estupideces sin levantar sospecha alguna de su condición de nuevos plomos en la comunidad.
26/05/2005
 Todo un pueblo pálido al fondo de los manicomios se agita, indisolublemente, junto al fulgor de otra mañana. La niña llora por su madre, piensa que no volverá a verla, metida en esa cárcel blanca con barrotes de cristal. El niño juega con un trompo, lo lanza, gira y gira igual que las ideas absurdas ruedan por la mente. Él también es huérfano, pero le da igual. Posee la fortaleza que le han comunicado propia de su sexo. El abuelo ya no llora. Sus lagrimales se han secado. Demasiada guerra, demasiada hambre, demasiados hijos muertos. Después de enterrar a un hijo no quedan razones para entonar ningún llanto. El padre sufre de hastío, harto de preguntas, de miradas indiscretas. ¿Por qué la demencia ajena le impide seguir con su vida? Él necesita a su amante, esa mujer sin nombre que, como por ensalmo, aparece de noche en su cama, dispuesta a darle calor a cambio de no sabe qué, pues no puede ofrecer nada. El perro ladra y ladra. Se pone rabioso cuando llaman a la puerta. Es un chucho callejero al que nadie en su sano juicio fabricaría un hogar de madera en el jardín. Llueve, llueve, llueve. La ciudad parece víctima del llanto de un dios agorero. ¿Qué demonios pasa? ¿Dónde están los dementes? ¿Quiénes son ellos? ¿Los de fuera? ¿Los de dentro? Locura, cordura, cielo, tierra, guerra, paz, perdón, amor, compasión, silencio, desespero, sangre, sal, pan, tristeza, corazón, razón, orgullo, piedad, orates, vates, versos imposibles arrancados a la fuerza. Grita y grita. Dice que no está loca, que su padre la odia, que su marido la maltrata, que su hija es una puta y su hijo un cabrón, que solamente el perro sabrá echarla de menos. Llega el celador con la bandeja oxidada: pollo asado requemado, puré de patatas, flan.
22/05/2005
 Uno siempre busca aquello que desea encontrar, pero como casi nunca encuentra lo buscado trata de modificar la condición de lo obtenido en su defecto.
16/05/2005
 Mala Persona llegó a casa a las 21:35. Muñequita Linda llevaba dos horas esperándolo. Iban a celebrar su primer aniversario de pareja extraoficial. Durante ese tiempo, Muñequita Linda se dedicó a darse otra capa de rojo en las uñas de los pies y de las manos, cambiarse siete veces de vestido y ropa interior a juego, fumarse trece cigarrillos, tomarse tres gin&tonics, encender el televisor veintinueve veces y apagarlo veintiocho, pasar por el excusado en diez ocasiones, realizar cuatro llamadas telefónicas y recibir dos, escribir y hacer pedazos cinco borradores de amor-mío-esto-se-acabó-yo-no-puedo-seguir-así, lanzar quince maldiciones contra Mala Persona y treinta contra la mujer de éste, y redactar una carta de ruptura inaplazable. Cuando Mala Persona entró en su segundo hogar con una sonrisa cortándole el rostro, un ramo de narcisos en la mano izquierda y un nena estás preciosa en el abismo de los labios, Muñequita Linda arrugó dentro de uno de sus puños la misiva elaborada en el último minuto, se abalanzó sobre su cuello, le dijo que era un chico malo, y lo condujo a empujones hacia la habitación.
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